O. Henry es el maestro estadounidense del cuento corto con final inesperado. Escribía sobre gente común de Nueva York —empleados, artistas pobres, vagabundos, policías— con humor y ternura, y casi siempre guardaba la sorpresa para la última línea. Sus cuentos son cortos, pero su inglés está lleno de juegos de palabras y de jerga de principios del siglo XX; en B1 y A2 la historia y el humor siguen ahí, y las palabras dejan de ser un obstáculo. Para empezar, «Después de veinte años», que en B1 se lee en unos diez minutos.
After Twenty YearsDespués de veinte añosNueva York, las diez de la noche, una calle vacía bajo la lluvia. Un policía de ronda encuentra en la puerta de una tienda oscura a un hombre con un puro sin encender. Espera a un amigo: hace veinte años acordaron verse aquí a esta misma hora, pasara lo que pasara. Uno se fue al Oeste y se hizo rico; el otro se quedó en Nueva York. A los veinte minutos, de la oscuridad sale, en efecto, un hombre con un abrigo largo. Mil doscientas palabras, y todo lo decide una nota en el último párrafo.
The Gift of the MagiEl regalo de los Reyes MagosNochebuena, un apartamento de ocho dólares a la semana y un dólar con ochenta y siete centavos para el regalo de su esposo. Della los contó tres veces. Jim y ella tienen solo dos cosas de las que se sienten de verdad orgullosos, y una de ellas es el cabello de Della.
The Last LeafLa última hojaEn Greenwich Village, dos jóvenes pintoras alquilan un estudio en un ático. En noviembre la neumonía recorre el barrio, y Johnsy se enferma. Acostada frente a la ventana, cuenta las hojas de una vieja hiedra: quedan cinco, y ha decidido que se irá con la última.
The Cop and the AnthemEl policía y el himnoNueva York, finales de otoño. El vagabundo Soapy duerme en un banco de Madison Square, y la hoja caída sobre sus rodillas significa una sola cosa: hay que prepararse para el invierno. Soapy conoce el mejor lugar para pasarlo: tres meses de cárcel en la Isla, con techo, cama y comida. Llegar allí parece facilísimo: cenar sin pagar, romper una vitrina, molestar a una dama delante de un policía. Pero esa noche a Soapy no le sale nada. Dos mil palabras sobre un hombre que, por más que lo intenta, no logra infringir la ley.